¿Quién
soy yo? Alguien como tú. Un simple pasajero de ese barco que llamamos la
España democrática. Yo aparecí por aquí un buen día de noviembre
del año 1946. Por entonces no ondeaba en nuestro barco la bandera
democrática. Ahora, 67 años después, ya tenemos esa bandera, pero, ahí se queda todo, en la bandera. A la auténtica
democracia no hemos tenido la suerte de encontrarla. Aquel año
de 1978 lo que en realidad emprendimos fue un camino de transición
en su búsqueda. Pero, bien parece que nos hemos perdido a lo largo de
ese camino. Mucho me temo que, incluso, hace ya tiempo que nos hemos
dado la vuelta. Y lo peor es que ni siquiera lo sabemos.
No
sé bien si somos 46 o 47 millones, los pasajeros del barco, pero sí sé que,
si esto fuera una verdadera democracia, las decisiones tomadas en
nuestro barco, todas las decisiones, deberían ser aprobadas por la
mayoría de los pasajeros. El capitán, un capitán competente,
investido de toda la autoridad necesaria para el ejercicio de sus
actos, debería contar con un mecanismo adecuado para contactar de forma regular y frecuente, no cada cuatro años, con todos nosotros- sus patrones,
porque el barco es nuestro-, para darnos, sin que
se le cayesen los anillos, el parte, bueno o malo del viaje, con
todas las incidencias. Cualquier problema surgido en los planes
acordados, o cualquier desviación provisional de la ruta prevista,
por supuesto, debería ser comunicado inmediatamente a los dueños y a la vez pasajeros del barco.
Incluidas las posibles soluciones alternativas sugeridas, para que,
los pasajeros, por mayoría, decidiésemos cual de todas las
aconsejadas se acomodaba mejor a nuestros intereses comunes. Porque,
en democracia, las soluciones las buscan los políticos, y después
las presentan al pueblo para que éste, por mayoría, decida cuál de
ellas escoge.
Lógicamente,
ese barco de 46 o 47 millones de pasajeros tiene que contar también
con un sistema moderno, eficiente y fiable que permita al capitán
recibir, también de una forma rápida y nítida, la respuesta pedida
y emitida por la inconfundible la mayoría del pasaje. Estos dos
mecanismo de comunicación interactiva, son hoy por hoy técnicamente
posibles y mucho más prioritarios, baratos y fáciles de implementar
que cualquiera de las reformas que se han llevado a cabo en estos
años en el palacio del congreso, por poner un ejemplo. Difícil, era ir a la luna y volver,
y eso lo hicieron los americanos en 1969. Pero instalar un sistema
interactivo fiable y formal de consulta democrática, en estos tiempos que
corren, tiene menos dificultad que celebrar cada semana el sorteo de
la primitiva, también por ejemplo.
Sin
embargo, en nuestro barco, después de atravesar los 35 años más
fértiles y aventajados de las ciencias, físicas, sociales y
estadísticas, y de las industrias de la telecomunicación y de la
informática, aún no contamos con ninguno de estos dos avances
técnicos que harían posible, hoy, una democracia real acorde a
nuestros tiempos. Más que un barco actual, el nuestro parece un barco a remos de tiempos de los griegos. Una democracia con los mismos sistemas de comunicación que la primera democracia ateniense.
El
comportamiento usual, en este barco nuestro, llamado democracia, es
que el capitán de turno se sube a la cabina de mandos, el día mismo
de su nombramiento, con el compromiso de mantener un destino
aproximado de, digamos, por ejemplo, rumbo Norte, porque estos
capitanes nuestros no son capaces técnicamente de aproximar mucho
más, y, cuando asoma un nuevo día, nos percatamos de que vamos
directos hacia el Sur. Nuestro querido capitán de turno, ese mismo
primer día de ejercicio, se encierra en su camarote y no asoma la
cabeza nada más que para felicitarnos las pascuas, y eso por medio
de un plasma. Una vez al año, nuestro capitán da cuenta, en el
llamado estado de la nación, de todo lo divino y humano que ha
podido ocurrir en un año entero, o por lo menos de lo que recuerda.
Para ello, se reúne en el parlamento con 350 cincuenta pasajeros
de clase VIP, al parecer, representantes nuestros para cualesquiera
cosa que pueda surgir de la que nunca jamás nos han preguntado qué pensamos, más de la mitad en plan de palmeros,
y el resto, unos en actitud de “me
opongo, por que sí, sea cual sea el tema del que estemos hablando”,
y los otros, más tratables, a lo suyo, al trato: “a
ver cuánto me das para que apoye tus propuestas”.
Y allí se pasan dos o tres días muy rentables, porque con eso
justifican todo un año entero de su salario VIP. Y en este plan se pasan los años de cuatro en cuatro, mientras afuera caen rayos y truenos sobre los pobres pasajeros. Ese es el tono y el ambiente democrático, dicho de
una forma coloquial, resumida y sin querer hacer sangre, que
disfrutamos en nuestro barco. Aplíquese este mismo formulario para
describir los tres ámbitos Ejecutivo, Legislativo y Judicial que
configuran nuestro estado de derecho, y tendremos descrita la
estructura que caracteriza a nuestro barco. Ésta es la democracia
que disfrutamos, o la oligarquía que padecemos. Éste es el estado
de cosas que a mí me gustaría que cambiase. Éste es el cambio que
yo le pido a Ciudadanos que acometa, y el futuro por el que a mí me
gustaría luchar de aquí en adelante: Más democracia.
O
dicho de forma operativa: Todos estos políticos que nos han venido engañando
en los últimos 35 años y que siguen ahí, al pie del cañón o de
la despensa, a mi entender,
no son dignos de estar ahí.
Hay unos partidos que han sobrevivido y convivido con toda la
corrupción y con toda la incompetencia gubernativa durante estos 35
años. Yo no digo que no se puedan haber equivocado y que no hayan
sido, incluso, engañados a su vez. Puede ser. Pero, también es
cierto, que han tenido tiempo más que sobrado para haber hecho
limpieza en su interior y haberse regenerado y haber recompuesto el
sistema. Y no lo han hecho. Por lo que no
son dignos tampoco de estar ahí.
Por
eso, creo yo, que la primera fase de un plan de regeneración
democrática es quitarlos a todos ellos de en medio. Nos toca hacer a
los ciudadanos la limpieza y la regeneración que esos partidos no
han sido capaces de hacerse a sí mismos. Y podemos, y debemos, hacer ambas cosas
legalmente, por las urnas, de forma activa, no pasiva. Yo voy a votar a Ciudadanos no sólo en un
acto de fe en las posibilidades de cambio que creo que este partido
va a poner en marcha. También sé que ese voto mío, que va a ir a
Ciudadanos, es un no
voto para esos partidos a
los que no
quiero volver a votar nunca más.
Y me gustaría que la otra gente que, como yo, se haya sentido
engañada por ellos, vote a Ciudadanos o no lo haga,
entendiese que la opción de no
votar, o votar en blanco, o esperar que todo se arregle solo,
es un
no voto favorable y un alargarles la vida a esos partidos no deseados, a los que ni siquiera deseo nombrar.
No soy un ingenuo. Sé muy bien que el barco no es nuestro, de los 46 o 47 millones de legítimos propietarios. Debería serlo, pero es tan sólo de unos pocos de nosotros, de muy pocos. Nos lo han quitado. Sólo soy, o somos, simples pasajeros. Y sé, también, que cualquier día de estos me
van a venir a avisar de que me toca bajarme. Pero ese día, al
despedirme, me gustaría mirar a la bandera y decirle adiós con
respeto, contento de haber dejado a mis nietos abordo de un barco en
el que ellos, al fin, sí puedan sentirse unos ciudadanos
auténticamente democráticos.
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